sábado 4 de julio de 2009
Gripe A, la pandemia del Siglo XXI
jueves 25 de junio de 2009
Cuando los grandes no están a la altura de las circunstancias

A pesar de las barbaridades de ciertos relatores y comentaristas de televisión, que ponderaron a los sudafricanos como si fuesen la nueva Holanda del 74, habrá que decir la verdad y aclarar, antes de empezar. Si Brasil no se impuso ante el anfitrión de la Copa de las Confederaciones con comodidad, fue pura y exclusivamente por impericia propia. Porque (sabido debería ser) por más perfecto que sea el partido de Sudáfrica (o de cualquier equipo de talla similar), si Brasil juega como Brasil, un partido ante esta clase de contrincantes lo gana caminando. Incluso, este equipo de Dunga tranquilamente puede quedarse con el Mundial 2010, porque hasta sus más mediocres jugadores son de élite y porque usan la camiseta amarilla.
Pero claro, este Brasil no es el Brasil de otras épocas. Si el de 2006, o el de 2002, eran vistos como algo amarretes y con poco brillo, ¿qué se puede decir de la versión actual? Apenas los centrales (Lucio y Luisao) parecen estar a la altura del equipo. Los laterales típicamente verdeamerelhos parecen haber quedado en el olvido. Porque Maicon puede jugar en el Inter tetracampeón y André Santos ser un lateral aceptable, pero qué lejos que están de Cafú y Roberto Carlos. Como si no fuera suficiente, Daniel Alves mira el partido desde el banco e intresa a nueve minutos del cierre. Aún así, como es Brasil y a los jugadores de esa nacionalidad muchas veces les alcanza con una sola jugada, justamente Alves marcó un gol estupendo de tiro libre a dos minutos del final. Pero que el árbol no tape el bosque.
Delante de la línea de cuatro defensores, hay un mediocampo que no tiene nada del otro mundo: un Gilberto Silva que disfruta sus últimos años de futbolista, un Felipe Melo que es no más que un buen jugador, un Ramires que le falta el respeto a la historia del fútbol brasileño y Kaká, que es el único que se salva pero que termina una temporada en la que no pudo escaparse de la flojera generalizada que vivió el Milan.

¿La delantera? Ahí donde supieron jugar Ronaldo u Adriano hoy juega Luis Fabiano, que puede tener nivel para jugar bien en Europa, pero le falta muchísimo para ser el centroatacante de semejante selección. Su suplente es Nilmar; eso lo dice todo. Y Robinho nunca termina de asentarse. Amaga, amaga y amaga, y su calidad para destacarse en el combinado nacional es tan discutible como esa gambeta en la que pasa las piernas por sobre la pelota durante tiempo indefinido, sin llegar a ninguna parte.
Eso explica un poco mejor porqué Sudáfrica supo lucirse. Claro que también incidió que los dirige un brasileño (Joel Santana), que conoce tanto las virtudes y falencias propias como todas las características ajenas. Muy probablemente, el mismo equipo africano con un entrenador de otro país hubiera obtenido también una derrota, pero mucho más abultada. Dichos condimentos, más un poco de orden (que el local perdió luego de los 25 minutos del primer tiempo, lo que le permitió a Brasil encontrar más espacios para crear peligro en el cierre de la primera etapa) alcanzaron para emparejar un duelo que no tiene comparación alguna.
Muchas veces los lectores se quejan cuando un equipo grande pierde ante uno chico y la tapa del diario es una imagen de los jugadores derrotados. En cierto punto, tiene su lógica. ¿Es más llamativo que Sudáfrica haga un papel digno o que Brasil dé pena? ¿Acaso los sudamericanos no pudieron sino hasta el final con Sudáfrica porque el fútbol se emparejó y los locales están listos para pelearle el Mundial a cualquiera? Eso es una mentira. Brasil, como la mayoría de los poderosos cuando pierden, cae por no hacer lo que tiene que hacer con semejantes nombres. Como le pasó a España ante Estados Unidos. Como le hubiera pasado a los de Dunga hoy, de no haber sido por uno de esos pocos brasileños que todavía justifica su nacionalidad.
fotos: clarin.com
martes 9 de junio de 2009
El hombre que derribó una muralla y puso a la historia en su lugar
Ya está. A los 27 años, Roger Federer puede sentirse satisfecho. No le queda más nada por hacer. Ganó el único Grand Slam que le faltaba: Roland Garros. Consiguió, de esta manera, ser apenas uno de los seis varones que ganaron los cuatro torneos grandes en singles. Suma tres Abiertos de Australia, cinco Wimbledon, cinco US Open y este torneo francés. Aunque no pudo obtenerlos todos en un mismo año, es igual de válido y meritorio porque tan sólo dos tenistas (Don Budge y Rod Laver, este último en dos ocasiones) lograron esa hazaña. El último jugador en alcanzar el récord de los cuatro títulos había sido Andre Agassi, en 1999.
La victoria por 6-1, 7-6(1) y 6-4 ante Robin Soderling (verdugo del otrora invencible Rafael Nadal) le dio al suizo el título más buscado de su carrera. No por gustarle el polvo de ladrillo ni nada que se le parezca (su favorito siempre fue Wimbledon), sino porque cuanto más cuesta algo, más se disfruta al conseguirlo. Y este inmenso tenista, al que todo parecía serle fácil, el que se suponía iba a adueñarse del número uno eternamente y al que daba la sensación que nada le resultarba imposible, tuvo que convivir varios años con la derrota y la frustración (algo casi impensado) hasta que le llegó su día. Fue, para él, como derribar los muros de Troya con un martillo y un cortafierro. Tras tres finales consecutivas perdidas ante Nadal, se sacó las ganas. Y ahí sí, entonces, pudo festejar como un chico, como si ese 14° Grand Slam fuese en realidad el primero de un jugador por encima de los primeros 100 del ranking mundial. Sólo él sabe lo que sufrió para ganarlo. Sólo él sabe si alguna vez pensó que nunca lo lograría.

Ahora, nada le falta a Roger Federer. Nadie le reclamará más nada. Si los números definen a los mejores de la historia él, por lo menos, ya alcanzó a Sampras. Quedará para el debate si es el mejor de todos los tiempos en cuanto al nivel de juego. Federer es, por ejemplo, el tenista con más semanas consecutivas en la cima del ranking (237); además de los 14 grandes, obtuvo 15 Masters 1000 (ex Masters Series) y cuatro Masters Cups; ganó 59 títulos en singles (además de jugar otras 22 finales) y 8 en dobles; tiene el récord de victorias consecutivas en finales (24). Tiene todo.
De todos modos, él no piensa en decir basta. Aunque posiblemente una amplia mayoría esté convencida de que es el mejor de la historia (las encuestas así lo demuestran) él seguirá por más. Seguramente sabe que un Grand Slam más lo ubicaría como rey absoluto; seguramente sabe que lleva cinco Wimbledon ganados y que Sampras logró siete; seguramente sabe que Iván Lendl jugó nueve finales seguidas de Masters Cup y él "apenás" llegó a cinco; seguramente sabe que el mismo Lendl y Sampras ganaron cinco Masters Cup, mientras que él obtuvo "tan sólo" cuatro; seguramente sabe que le falta jugar la final del Masters 1000 de París para convertirse en el único tenista en jugar las nueve finales de esa serie de torneos; seguramente también sabe que le faltan tres Masters 1000 para superar el récord de títulos que ostenta Agassi (17). Seguramente, también siente que ese segundo peldaño del escalafón mundial no le corresponde. Seguramente se siente raro en él. Sabe que debe estar en lo más alto. Como su historia se lo demanda. No le cabe otro lugar.
fotos: agencianova.com, informador.com.mx y rafa-nadal.com
lunes 8 de junio de 2009
domingo 7 de junio de 2009
Un triunfo, tres puntos, mil dudas...

El periodista argentino hace un análisis de algunos puntos que, a su juicio, deben ser destacados. Y lo hace tras una victoria, porque después de las derrotas es mucho más fácil, pero lo bueno es verlo antes de la caída.
Para empezar, debería dejarse de lado el discurso que funciona como excusa de muchos desde hace algunos años. Más precisamente, desde que las cosas comenzaron a fallar en la era Basile: "sin tiempo de entrenamiento con el plantel reunido en su totalidad, no se puede pretender mucho". ¿Acaso Paraguay, cómodo líder de las Eliminatorias, concentra un mes antes de cada partido? ¿Los brasileños se juntaron a hacer una pretemporada en Montevideo para golear a Uruguay? ¿Bielsa encierra a los jugadores de Chile en una puesta a punto a largo plazo? Todas las selecciones (no sólo en Sudamérica) están en las mismas condiciones. Y más de una sabe resolver esa situación y jugar decentemente al fútbol.
Uno de los pensamientos de Maradona es "armar el equipo en función del rival". Diego manifiesta: "No voy a jugarle a Venezuela de local del mismo modo que a Brasil de visitante". De esa manera, y al enfrentar a rivales teóricamente inferiores, lo más normal será ver una formación agresiva durante los partidos de Eliminatorias. Si, justamente, se habla del poco tiempo que tiene el plantel para entrenar y conocerse, ¿no sería mejor apostar a una base táctica y estratégica definida que pueda probar y fallar ahora, y no el año que viene en Sudáfrica?
Los amistosos no siempre serán ante rivales como Francia. Por el contrario, generalmente se realizan ante equipos de poca monta. Cuando llegue la hora de jugar ante alguna potencia (si es que así lo determina el sorteo y siempre y cuando Argentina se clasifique), ¿se estudiará el planteo a las apuradas, a última hora?

Heinze juega en el Real Madrid. Zanetti es el símbolo, capitán e ídolo del Inter desde hace más de una década. Demichelis juega en el Bayern Munich de Alemania. Con los nombres y las camisetas no alcanza. La defensa argentina tiene problemas enormes. Gago no ayuda con su bajo momento futbolístico. Es culpa del entrenador, que elige a los integrantes de la última línea, y es culpa de los futbolistas el no estar a la altura de la Selección argentina. Luis Amaranto Perea no tendrá ni la mitad del nombre, ni la mitad de la trayectoria, ni la mitad del dinero, ni la fama, ni nada comparado con sus rivales de ayer. Pero muestra un temple, una calidad para la marca y una firmeza que hace tiempo no se ve en las ropas blanquicelestes. El único que sigue conmoviendo, por esfuerzo pero también por resultados a la hora de hacer su trabajo es Javier Mascherano, quien se encarga de justificar el "Mascherano y diez más" que pregonó Diego desde su llegada al banco.
Colombia, por su parte, mostró buenas intenciones, intentó jugar y lo hizo en buena parte del encuentro (sobre todo en la primera mitad) mejor que el conjunto local. No mereció irse con las manos vacías. Perdió por su falta de definición ante Andújar (buen debut del arquero argentino) y por un descuido tras un córner (pelota que peinó Yepes y metió en el arco Daniel Díaz). Pero mostró, además del conocido rendimiento de Perea, Yepes y Vargas, dos jugadores estupendos como Freddy Guarín y Rentería. Dos que podrían jugar en cualquier equipo argentino y dar sobradamente la talla. Ellos fueron los que más merecieron el empate que nunca llegó. Ellos y la determinación de Maradona, que salió a jugar con Messi, Tevez, Agüero, Verón y todos los chiches y terminó defendiéndose en el Monumental con Zanetti, Díaz, Demichelis, Burdisso y Heinze como si lo atacara el ejército griego en Troya.
sábado 6 de junio de 2009
De regreso
El análisis deportivo habitual, así como también los temas relevantes de otros ámbitos, estarán presentes con el mayor entusiasmo posible. Un cambio radical se genera desde el aspecto de la producción del espacio ya que, a diferencia de la información pura que caracterizaba a la vieja edición, en esta etapa se agregarán testimonios y opiniones de los protagonistas de las noticias, generados en su mayoría por el mismo periodista argentino.
Así se reinaugura este espacio. Con muchas ganas de brillar, de regalarles a los lectores algo distinto de verdad. El periodista argentino será lo que deba ser... O no será nada.
domingo 11 de mayo de 2008
Academia de tristeza

A los dos minutos, sin embargo, los Bichitos (más bichos que nunca) picaban agudamente en el corazón racinguista: pelotazo cruzado desde el fondo, Alvaro Pereira dominó la pelota, tiró un centro desde la izquierda que cayó en los pies de Delorte y el lungo se hizo un festín ante la pasividad de la defensa local, para terminar descargando con Ortigoza, quien definió cruzado e hizo inútil la estirada de Navarro. Argentinos parecía tener la fórmula: buscar con Pereira, su carrilero más hábil, que justamente iba por el costado de Chatruc, que se iba mucho al ataque y dejaba a Franco Sosa para que baile solo. Además, cuando el uruguayo no podía por ese lado, por el opuesto aparecía Peñalba para complicar a Shaffer, mucho más apto en su juego para ir al ataque y tirar buenos centros que para marcar.
Los hinchas no podían creerlo. Se sentían (o se sienten) meados por un mamut. Porque su equipo puede jugar horrible, pero a los 2 minutos no hay nadie que justifique una victoria. Con ese golpe en contra tuvo que ir justamente la Acadé, un equipo que tiene una endeblez anímica enorme, una fragilidad digna de una adolescente sufriendo su período. A pesar de ello, tal vez porque anoche se jugaba en el Cilindro y con el empuje de la gente, el equipo de Llop arrinconó a Argentinos. Pero hay formas y formas de arrinconar al rival; y Racing no eligió una muy buena. Eligió, en realidad, la única que tiene un equipo que no sabe a lo que juega: ir, ir, ir, chocar, chocar, golpearse, volver a ir, volver a chocar... Todo le resultaba más fácil al equipo de Pipo Gorosito, aunque una (al menos una) le salió bien al local... Luego de un centro de Zuculini que peinó Avalos, Sosa fue a buscar la pelota en lo alto a la vez que Torrico hacía lo propio; ganó el de Racing con la cabeza y la pelota entró mansita al arco. Delirio; faltó que la gente cantara el otrora grito de guerra de equipos como el Cienciano y el Once Caldas, el "sí, se puede". Pero a no confundirse.
Racing estaba partido y sin ideas. Chatruc y Moralez, los volantes externos, no se hacían cargo del equipo. El pestiso se paraba muy adelante, casi en la línea delantera y Chatruc, a veces por derecha y a veces por el medio, era pura confusión. Así, nadie se calzaba el traje de creador y al equipo no se le ocurría cómo entrarle al rival. El primer tiempo se fue, con más tensión que buen fútbol, pero entretenido (para el neutral).

Y si la nota terminara en ese párrafo anterior, no estaría muy mal. Futbolísticamente hablando, claro, porque no pasó nada más. Sí hubo algunos detalles para tener en cuenta en la segunda parte. Como la tibieza de Argentinos, que nunca se animó a rematar a un rival que no sabía dónde estaba parado; o la anémica propuesta de Racing, que no supo crear una situación de gol (la única fue un tiro libre de Sosa que sacó muy bien Torrico). Pero el partido contó con el mal arbitraje de Pezzota, clave en una jugada en la que los de Llop no saben si reírse o llorar. A los 20 minutos, Hilario Navarro salió a cortar un centro y atenazó fácilmente, pero en la caída se golpeó y perdió la pelota, que fue empujada al gol por Caruzzo. Argentinos se ponía 2-1... hasta que el árbitro marcó una falta que jamás existió. Ahí estaba la mitad del vaso lleno para la Acadé, pero quedaba la mitad vacía: Hilario se tuvo que ir en camilla directamente al vestuario y habrá que ver cuántos partidos se pierde. En su lugar entró Martínez Gullota, que tenía en su haber un partido en Primera (aquel fatídico 3-4 vs. San Lorenzo, en el que recibió tres goles). El arquero ingresado apenas tocó una pelota.
Ante la pasividad del equipo, los hinchas albicelestes vivieron en silencio los últimos minutos. Sólo hasta que Pezzota marcó el final, cuando estallaron en silbidos e insultos. La gente dio su veredicto: tal vez se banque perder, pero no tolera una actuación tan pobre como la de ayer.
